Lectura: Éxodo 33:12-23
La Biblia En Un Año: Nehemías 10-13
. . . ¡Ay de mí! Porque perdido estoy, . . . han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos. --Isaías 6:5.
A sólo unos cuantos kilómetros de las Cavernas Carlsbad, en el estado de Nuevo México, está la cueva Lechuguilla. Los exploradores que han descendido al interior de la misma describen un mundo fantástico cuya belleza está más allá de lo que ellos han visto jamás.
Un geólogo observó: «Todo es extraño. . . . Yo he estado en cuevas que son tan hermosas que uno tiene que irse. No lo puedes aguantar.» Ese es un dilema interesante para los exploradores, ¿no? Estar rodeado de una belleza que es abrumadora a los ojos.
Su experiencia nos da una noción del problema que tenemos para entender a un Dios santo. Él está revestido de un esplendor tal, es tan puro en su bondad, y tan hermoso en su carácter, que nuestros ojos, oscurecidos por el pecado no pueden soportar mirarlo. No podemos aguantar su gloria.
Esa fue la experiencia de dos personas en el Antiguo Testamento. Cuando Moisés pidió ver la gloria de Dios, el Todopoderoso tuvo que protegerlo de ver Su rostro (Éxodo 33:18-23). Y cuando Isaías vislumbró la majestad de Dios clamó: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy» (Isaías 6:5).
Señor, tu imponente esplendor, bondad y belleza revelan nuestros defectos. Gracias por ser un Dios de amor y misericordia. Y gracias por hacernos santos y aceptables a Ti por medio de Cristo. --Mart De Haan II
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