Lectura: Lucas 22:39-46
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? —Salmos 22:1
Era tarde en la noche del jueves de la semana de la Pascua. Jesús estaba con Sus discípulos en uno de sus lugares de retiro favoritos —el huerto de Getsemaní. Con gran angustia emocional, amonestó a Sus discípulos a que oraran por fortaleza para que permanecieran leales a Él. Se retiró a una corta distancia de ellos y oró, «Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». (Lucas 22:42).
La «copa» de la que Jesús pidió ser librado no era la muerte. Él vino a morir por nosotros. Creo que la copa representa el horroroso alejamiento de Su padre que llevaría a su exclamación en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27:46).
En el huerto, debió haber estado previendo ese momento cuando Su padre le volvería la espalda. La venida del ángel le aseguró que no estaba solo. Sin embargo, la realidad de que Jesús experimentaría la inminente retirada del Padre era Su mayor preocupación. Él llevaría nuestro pecado sobre Sí y soportaría la imponente soledad de la cruz. La comprensión de esto llevó a Jesús a orar con tanta intensidad que «su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre» (Lucas 22:44).
¡Y lo que es incluso más asombroso es la verdad de que Jesús soportó este sufrimiento por ti y por mí! —HVL
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