Lectura: 2 Timoteo 3
En los últimos días vendrán tiempos difíciles. —2 Timoteo 3:1
¿Alguna vez has oído a alguien sugerir que si confia en Jesús, Él solucionará todos sus problemas e ira flotando por la vida con riquezas y paz?
Si ésa fuera la manera que Dios lo planeó para las personas que le sirven, entonces, ¿qué pasó con Pablo? Después de su conversión, fue tan piadoso como ninguno, pero tuvo problemas sin fin. Fue uno de los más grandes misioneros de todos los tiempos —¿y qué recibió por la molestia? Lo golpearon. Lo arrestaron. Casi se ahogó. Lo echaron de la ciudad.
Mira a José, a Abraham, a Job, a Jeremías, y a Pedro —todos hombres piadosos. Sin embargo, todos enfrentaron peligros y tribulaciones que ninguno de nosotros desearía jamás.
Así que, ¿por qué la lucha? ¿Por qué la tragedia golpea a los cristianos con la misma fuerza contundente con que golpea a los ateos más antagonistas? ¿Por qué no estamos exentos de los desastres naturales, de las enfermedades graves, de las riñas interpersonales, y del maltrato por parte de los demás?
De algún modo, en la manera de Dios de hacer que las cosas funcionen, nuestras tribulaciones pueden hacer avanzar Su reino y Sus propósitos (Romanos 8:28; Filipenses 1:12). Nuestra tarea es glorificar a Dios, no importa las circunstancias. Si lo hacemos, nuestra lucha puede dirigir a los demás hacia el Salvador mientras dejamos paso hacia nuestra meta final de descanso y recompensa en el cielo. —JDB
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