Lectura: Isaías 6:1-8
Y oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí: Heme aquí; envíame a mí. —Isaías 6:8
Cuando era un pastor joven, servía a una nueva congregación que incluía a mis padres. Mi padre era muy activo en los «ministerios personales» de la iglesia —evangelismo, visitas a hospitales y hogares para ancianos, ministerio en los autobuses, ayuda a los pobres, y más. Aunque nunca se había capacitado formalmente en el ministerio, Papá tenía una capacidad natural para relacionarse con las personas que estaban pasando por momentos difíciles. Ésa era su pasión —las personas oprimidas a las que a menudo se las pasa por alto. De hecho, el día que murió, mi última conversación con él fue acerca de alguien a quien había prometido visitar. Estaba preocupado por cumplir su promesa.
Creo que el servicio de mi padre era conforme al corazón de Cristo. Jesús se fijaba en las masas de las personas olvidadas del mundo y sentía compasión por ellas (Mateo 9:36-38). Él mandó a Sus seguidores a orar para que el Padre Celestial pudiera enviar obreros (como mi papá) para que llegaran a aquéllos abrumados por las preocupaciones de la vida.
Mi padre llegó a ser la respuesta a aquéllas oraciones en las vidas de muchas personas que sufrían, y nosotros también podemos serlo. Cuando la oración sale en busca de alguien para representar el amor de Cristo, que nuestro corazón responda: «Heme aquí; envíame a mí». —WEC
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