Lectura: Mateo 18:23-33
A nuestra amiga Barbara Leavitt le encantaban las flores. Su hogar era un jardín de rara belleza y dulce fragancia, lo mismo que su vida. Su presencia era como un ramillete encantador.
En el 2005, Barbara partió para estar con el Señor, pero unos cuantos días antes de que muriera, sucedió algo que nunca olvidaré. Mi esposa y yo estábamos sentados alrededor de su lecho junto con otros amigos contando historias acerca de nuestra niñez cuando mencioné que una vez yo había robado unas flores. Había un parque entre la escuela primaria a la que asistía y nuestro hogar. Un día, mientras caminaba por el parque, vi una hilera de lirios en flor y corté varios para llevárselos a mi madre. Algunos muchachos mayores me vieron y amenazaron con llamar a la policía. Viví aterrorizado durante semanas pensando en que vendrían y me llevarían preso.
Barbara colocó su mano sobre la mía y murmuró suavemente, «Yo también hice eso.» Pensé, Ésa debe ser mi respuesta cuando veo los pecados de los demás o escucho acerca de ellos —«Yo también hice eso.» Tal vez no haya cometido su pecado en particular, pero todo pecado es condenable y requiere perdón de Dios.
La conciencia de nuestra propia depravación es lo que John Newton llamó «la raíz de la ternura perpetua.» No quiero ser como el siervo malagradecido en Mateo 18. Quiero mostrar gracia y misericordia, por cuanto «yo también hice eso.» —DHR
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